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Blog

El último peguero

Etnografía

Para María

 

“Antiguamente se sacaba de ahí una sustancia a través del fuego. Aunque... no recuerdo bien... Comunicaba con otro pozo, ¿no?”

 

Esto de las redes sociales, es lo que tiene. A veces la buena intención es mayor que la buena información. Cuando leo esto, no me queda otra que sonreír y María me dijo hace tiempo que se lo tenía que explicar. Bueno, pues ahí va esta breve historia con la que espero sepa entender el olvidado oficio de peguero.

Por aquellos montes de la Serranía camina con aire cansado el Tío Culebras, llevando del ramal a su no menos fatigoso burro. Lleva en las alforjas un humilde atillo con el frugal almuerzo, una afilada hacha y mucha miseria condimentada con igual cantidad de pobreza. Va en busca de solitarios tocones, testimonio del servicio que prestan los árboles aun después de muertos. Con fuerza y paciencia se dispondrá el viejo Culebras a desmenuzar esos muñones en pequeñas teas que poco a poco irá cargando a lomos de su inseparable animal.

El Tío Culebras lleva su carga hasta la peguera, formada por dos hoyos próximos entre sí y recubiertos de piedra. En uno de ellos, el horno, colocará las teas apiladas una a una hasta llenarlo. Previamente habrá calentado el horno para hacer que la resina fluya mejor y cubrirá el suelo con tablas a las que llama soleras. Probablemente llenar el horno le haya costado varios viajes para aprovechar al máximo su turno, ya que había otros pegueros esperando. Habrá tenido que guardar todas sus cargas en un rústico chozo levantado al abrigo de alguna roca.

Después de tapar la boca del horno con losas de piedra y hojalatas, teniendo cuidado de dejar una pequeña chimenea, prende el horno y espera. Otra cosa no tendrá el Tío Culebras, pero es rico en tiempo y paciencia. Las teas se van consumiendo poco a poco, y la brea fluye despacio por un canal practicado en la base del horno hasta el otro hoyo, la alquitranera, bien tapado para que no entre aire ni agua que contaminen el espeso líquido. Después, con ayuda del cazo, el Tío Culebras trasvasa el alquitrán a otro depósito, la cocedera, donde se prenderá para eliminar ácidos, alcoholes y otras sustancias volátiles. Removerá de vez en cuando con el hurguinero, hasta que su experiencia le dicte que ya está en disposición de ser trasvasada a la artesa, una especie de cajón de madera que en la Serranía conocen como cajales.

Al cabo de un par de días, la pez se habrá solidificado. El Tío Culebras solo tendrá que partir el bloque en trozos que sean más fáciles de transportar a lomos de su fiel compañero. Una vez vendida, la pez será utilizada para fabricar betunes y barnices, pero sobre todo para impermeabilizar el casco de los barcos o el interior de las botas de vino, marcar el ganado o curar sus heridas.

Aquellas antiguas pegueras desperdigadas por el monte, trabajadas casi sin descanso en tiempos pasados, ya no volverán a ser encendidas, no verán cómo los pegueros guardan el turno para su uso. Ahora, salvo que alguien haya tomado la iniciativa de su reconstrucción para mantener el recuerdo, se verán cegadas por la maleza y el olvido.