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Extravagancias

Etología

 

Nos cuenta el profesor de ecología del comportamiento Tim Birkhead (1) cómo a lo largo de la historia ha habido ideas extrañas acerca de las aves, creencias como la de que ciertos gansos surgían de los percebes adheridos a los troncos que flotaban en el mar, o que el pelícano se perforaba el pecho para alimentar a sus polluelos con su sangre, o que las golondrinas pasaban el invierno en el lodo del fondo de las lagunas. Convicciones tan arraigadas entre la población como admitir que esos machos de paloma pueden engañar a las hembras para emparejarse con ellos, o que las aves son capaces de cambiar de sexo. Seguro que, si hacemos más indagaciones, podremos encontrar no pocos mitos relacionados con los animales, como ese que sostiene que los lemmings se suicidan en masa arrojándose desde un acantilado, o el de los cementerios de elefantes, o el desmesurado gusto del queso por los ratones, o las jibas de camellos repletas de agua…

Birkhead recuerda también la leyenda del martín pescador, según la cual esta ave posee poderes mágicos que le permiten anticipar la proximidad de una tormenta o girar su pecho en la dirección del viento. Christopher Marlowe lo refleja así en El judío de Malta (1589):

Y, por tanto, creo que los hombres deben juzgar
sus medios para practicar el comercio,
y a medida que aumenta su riqueza, también tendrán
grandes riquezas en una pequeña habitación.
Pero ahora, ¿cómo está el viento?
¿Hacia dónde mira el pico de mi alción (2)?
Ja, ¿al este? Sí: ¿ves cómo está la veleta?

 

Martín pescador (Fuente: seo.org)

 

Más tarde, Shakespeare menciona este extraño poder del martín pescador en El rey Lear (1605):

(…) disimulan
todas las pasiones que se rebelan
en la naturaleza de sus amos;
le echan aceite al fuego; nieve a su humor glacial;
niegan, afirman y vuelven su pico de alción
a cada soplo y mudanza de sus señores,
sin saber como perros otra cosa
que seguirlos.

No era de extrañar que en el siglo XVI pudieran verse cadáveres de martín pescador dispuestos a modo de veletas en los tejados, superchería que se mantuvo hasta finales del siglo XIX. Aunque la mayoría de ellas no sobrevivió al advenimiento de la revolución científica del siglo XVII, en que se impuso otra forma de relación entre el hombre y la naturaleza, un nuevo tiempo en que parecían abandonarse el folclore y la superstición a favor de una historia natural veraz, objetiva y no adulterada. El conocimiento asentaba sus raíces en la observación y la experimentación de la mano de Francis Bacon. La ampliación de horizontes del mundo conocido hasta entonces fue decisiva: al incrementarse el número de especies animales y vegetales, los hombres de ciencia no tenían ocasión de relacionarlas con la magia y la superchería, de modo que se limitaban a describirlas.

 

Descartes en la Corte de la reina Cristina de Suecia, Pierre Louis Dumesnil (Wikipedia)

 

No obstante, esa evolución del conocimiento pasó desapercibida para buena parte de la sabiduría popular, que conservó y siguió alimentando un gran número de creencias inverosímiles hasta el siglo XIX y buena parte del XX. Allá por el siglo XVIII aún se discutía sobre qué pasaba con las golondrinas al finalizar el estío. La opinión más asentada entre los naturalistas hablaba de un estado de hibernación y “torpor” o aletargamiento, y no de migración. Las dudas perpetuas y la prolongación de la controversia pervivieron varios decenios más. Esto hizo que ningún naturalista se atreviera a realizar rotundas afirmaciones a favor de la migración de las aves. Reputados científicos como William Harvey —que describió la circulación y propiedades de la sangre—, René Antoine de Réaumur —sabio francés que propuso la escala de temperaturas que lleva su nombre—, Carlos Linneo o Georges Cuvier —primero en proponer la desaparición de los dinosaurios a causa de una catástrofe natural— estaban convencidos de que las golondrinas se desvanecían en otoño al atravesar un estado de torpor o al sumergirse en el fondo de los lagos. Sin embargo, otros como Daniel Defoe, el conde de Buffon —naturalista que influyó en Lamarck o Darwin— o Edward Jenner —descubridor de la vacuna contra la viruela— estaban a favor de la migración. Parece claro que las ideas de alguno de estos científicos debieron llegar a oídos de Gustavo Adolfo Bécquer antes de componer sus estrofas en honor de las viajeras y oscuras golondrinas.

 

 

Lo cierto es que el debate continuó hasta que en 1899, según Birkhead, se comenzaron a usar anillas de aluminio para marcas las aves y demostrar así que, efectivamente, las aves migran. Esta práctica supuso un punto de inflexión para la ornitología. Por cierto, el diseñador de estas anillas fue el danés Hans Christian Mortensen, maestro de escuela. De la misma forma que, ya en el primer cuarto del siglo XX, dos botánicos sacaron de la incertidumbre a los ornitólogos sobre el verdadero motor que impulsa a las aves a la migración y la reproducción: la duración del día o fotoperiodo, la misma señal que provoca la floración y la caída de las hojas. No pocas extravagancias quedaron atrás, aunque perduran otras.

 

(1) Birkhead, T. (2017). La sabiduría de las aves. Una historia ilustrada de la ornitología. Los Libros del Jata, Bilbao

(2) Martín pescador. En latín, halcyon; en griego, alkýōn; en inglés, halcyon. En mitología, Alcíone era la esposa de Ceix, y considerada por unos autores hija de Eolo, el señor de los vientos. Según la leyenda, la pareja, llevada por su vanidad, se atrevió a equipararse a Zeus y Hera. Por este sacrilegio, Alcíone fue transformada en alción y Ceix en somormujo.