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Sienten como nosotros

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Las aguas del deshielo se deslizan desordenadas por el camino a la sombra de los pinos. Corre el mes de abril y aún quedan manchas de nieve en algunas zonas que se amparan en la sombra. El rojizo terreno arenoso, a los pies de Collado Bajo, está suelto y esponjoso. Un puñado de pajarillos se anima ante la lenta llegada del temprano sol de primavera. ¿Podrá decirse que sienten alegría? Más adelante, en la clandestinidad de la espesura, se mueven unos jabalíes hozando el suelo reblandecido. Al ver al caminante, salen corriendo como si hubieran descubierto al diablo. ¿Acaso tienen miedo? Y a la vuelta, en la misma zona de antes, protegido por la seguridad que da la vegetación, un ciervo trota sin dejar de mirar de lado. ¿Será que desconfía del intruso?

Imagen: ciervo

Si damos por hecho que ya sabemos qué es eso de ser planta y que el mundo animal no es mejor que el vegetal, aun reconociendo que están dotadas de un grado de sensibilidad que para sí quisieran muchos, conviene despejar nuestra mente de esos prejuicios que nos impiden ver lo evidente. Alegría, miedo, desconfianza… son sentimientos que solemos atribuir equivocadamente a los humanos como notas exclusivas de la especie, pero tal vez deberíamos preguntarnos si tales atributos nos están reservados en propiedad o conviene compartirlos con otros animales, incluso que consideramos peligrosos o repulsivos. De nuevo Peter Wohlleben (1) viene a sorprendernos con su pasión por la Naturaleza y su experiencia como guarda forestal. Ya lo hizo al abordar el maravilloso mundo de las plantas (2), y ahora centra su interés —y el nuestro— en el comportamiento animal, haciéndonos comprender que no estamos tan lejos de ellos como seguramente pensamos.

Wohlleben no se libra de las críticas, y aun así tiene la osadía de mostrarse de acuerdo con quienes cuestionan sus afirmaciones por no estar demostradas científicamente. Añade que nunca lo estarán, de la misma forma que no puede demostrarse que una persona tenga más y mejores sentimientos que otra. Lo único que pueden hacer las personas es expresar lo que sienten, algo vedado para los animales. Por eso Wohlleben trata de servirnos de intérprete del lenguaje gestual y comportamental de unos seres que se parecen a nosotros —o nosotros a ellos— más de lo que suponemos.

 

 

No parece cierto, como suele decirse, que los animales actúan y sienten por instinto —lo que no significa que el instinto no exista—, mientras que nosotros lo hacemos de forma consciente —lo que tampoco significa que todo lo que hacemos venga guiado por el conocimiento—. ¿O es que el ser humano no reacciona muchas veces por instinto? Wohlleben nos cuenta cómo el amor maternal surge en un determinado momento de la vida animal, pues no es innato, aunque sí las condiciones necesarias para que se desarrolle. Lo que nos diferencia del resto de animales es que somos capaces de activar este sentimiento de forma consciente. Pero esto no resta un ápice de interés al hecho de que los animales tengan sentimientos, ya que, como parece demostrado, los sentimientos están asociados al subconsciente, y los animales cuentan con él.

Aun admitiendo que la demostración científica de determinados sentimientos deba esperar todavía algunos años, no es menos cierto que hay serios indicios de su existencia en animales. En todo caso, ¿por qué nos obstinamos en negar tal eventualidad? ¿Por qué no concedemos el beneficio de la duda antes de juzgar? ¿No se evitarían así numerosos y sonados maltratos a los animales? ¿Realmente podemos negar que un toro sienta dolor cuando se le clava un estoque? ¿Podemos sostener tranquilamente que un cangrejo no siente nada cuando se introduce en una olla de agua hirviendo? El rabo de toro o el cangrejo en salsa están deliciosos, pero cuando los consumimos apenas nos paramos a pensar en si sufrieron al morir.

 

 

Otro de los temas que Wohlleben aborda es el de la mentira, terreno en el que una buena parte de nuestra especie se desenvuelve con sobrada soltura. Se pregunta si los animales mienten y no tarda en responder afirmativamente, exponiendo claros ejemplos. Seguramente todos podríamos citar casos en los que el engaño animal está a la orden del día. Como el del corzo, que “ladra” para amedrentar a un posible depredador. O el de mamá perdiz, que corretea alejándose del escondite de sus polluelos haciendo creer al más pintado que está herida. O el del cuco, que pone sus huevos en nido ajeno para que otros asuman labores de crianza que no les corresponden. Bien mirado, este tipo de engaño tiene más que ver con la corrupción —donde el mismísimo Maquiavelo podría pasar por una monjita de la caridad—. En todo caso, estos asuntos del fingimiento ya tuvieron ocasión de asomarse por esta ventana.

 

 

Peter Wohlleben está convencido de que, en cuestión de sentimientos, pueden buscarse analogías entre los animales, que considera sus “semejantes”, y el ser humano. Cuenta con que haya quien considere que tal comparación es poco científica, algo soñadora y hasta esotérica. Él pronto recuerda: el ser humano también es un animal. No se trata de humanizar a los animales —que tal vez saldrían perdiendo—, sino de entenderlos mejor, comprender que no son criaturas tan estúpidas que se hayan quedado atrás en la carrera de la evolución. Este reconocimiento nos debería permitir un mayor respeto por ellos, y no pensar que eso pueda significar la pérdida del privilegiado estatus que nos hemos adjudicado.

El valor, el deseo, el dolor por la pérdida del ser querido, el altruismo, la búsqueda de la comodidad… Son todos atributos que hemos asignado a nuestra especie con cierta ligereza. Pero Peter Wohlleben los afronta con un lenguaje claro, cercano, ameno, conformando una obra que todo amante de la Naturaleza debe tener en su biblioteca. Seguramente algunos temas tratados en sus páginas serán inspiradores de futuros artículos para este blog.

 

(1) Wohlleben, P. (2017). La vida interior de los animales. Obelisco, Barcelona.

(2) Wohlleben, P. (2016). La vida secreta de los árboles, Obelisco, Barcelona.