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Algo no encaja bien

Valores

 

Supongamos que nos encontramos ante una estantería vacía de nuestra biblioteca. A nuestros pies, amontonados en desorden dentro de cajas, esperan cientos de libros de temas diversos a que decidamos en qué parte de la estantería colocarlos. Mientras contemplamos esos huecos que pronto serán ocupados, y siguiendo el viejo principio de agrupar lo semejante, valoramos los criterios que nos van a servir para poner orden a tal desaguisado. Novela, ensayo, historia, naturaleza, consulta… Manos a la obra. Sin embargo, a los pocos minutos observamos que hay libros que tendrán cabida en diferentes estantes, y otros que no tienen un adecuado acoplamiento. Bueno, de momento los colocamos en cualquier sitio y ya veremos. Pero algo no encaja del todo en semejante clasificación.

En la Naturaleza pasa algo parecido. Durante mucho tiempo no se ha sabido bien qué hacer con los hongos, hasta que finalmente se creó el reino Fungi. Y aún se discute dónde incluir a los colémbolos, que los científicos no terminan de clasificar como insectos a pesar de tener algunos de sus caracteres. El ser humano, que desde hace cientos de años ha caído en las redes del antropocentrismo, que interviene sobre el entorno como gran señor de todo, se ha arrogado en exclusiva el derecho de poner nombre, clasificar a todos los seres —vivos e inertes— y decidir lo que está bien y lo que está mal, lo que es beneficioso y perjudicial, lo que resulta agradable y repulsivo, lo que es útil y lo que no sirve para nada. Veamos algunos ejemplos y tratemos de comprobar si las cosas encajan de acuerdo a nuestros criterios humanos o existen otras maneras de ordenar la biblioteca de la vida.

 

 

Si un insectívoro acabara con toda la población de esas incómodas orugas de procesionaria, seguramente quedaríamos satisfechos al máximo con su labor depredadora. Pensaríamos que por fin nos habríamos librado de tan molesta plaga. Sin embargo, alguien reaccionaría para recordarnos que la procesionaria no es más que un herbívoro al que le encanta comer acículas de pino —como a veces también hace el ciervo—, que tiene el cuerpo cubierto de pelos urticantes como estrategia defensiva, y que forma parte de la cadena alimentaria de nuestros bosques. Tendría que traer a nuestra memoria, por tanto, que su extinción supondría un serio desequilibrio para el ecosistema, y que otras especies que se alimentan de procesionaria se verían obligadas a marcharse en busca de otros recursos. De modo que ¿dónde estaría entonces el beneficio para la Naturaleza?

 

 

La víbora tampoco lo tiene fácil. Su mala prensa y la de todos sus zigzagueantes parientes la persigue implacable tal vez desde que nos contaron aquella fábula del paraíso terrenal, en la que una pérfida serpiente engañó al incauto ser humano. La víbora se mueve de día y de noche por el bosque, pero es tímida y asustadiza. Ante nuestra presencia opta por huir, y solo nos haría frente en el caso de sentirse agredida. Su contribución al equilibrio ecológico consiste en dar buena cuenta de artrópodos, lagartijas, lagartos, roedores y pequeñas aves. Lo del veneno —no nos empeñemos— no se debe a su maldad innata, sino a una estrategia depredadora. Otros animales tienen cuernos o garras y nadie levanta acusaciones contra ellos. Pero, además, forma parte de la dieta de otros cazadores, de modo que ¿dónde está el perjuicio ocasionado por la víbora a la Naturaleza?

 

 

Y si hay algún animal cercano a nosotros capaz de causar una irrefrenable repulsión, ese es el ratón. Solo mencionarlo hace que se pongan los pelos de punta al más pintado. Se le llama “doméstico”, pero nadie lo quiere como mascota. Este compañero de piso es de los más prolíficos, a pesar de los numerosos intentos para acabar con él. “No le demos vueltas, no sirve para nada”, se dirá. Salvo que pocos como el ratón han contribuido a salvar tantas vidas gracias a su uso en los laboratorios científicos. ¿Será aquí donde resida su perjuicio para la Naturaleza?

Repito, algo no encaja en nuestra manía de clasificar y calificar todo lo que nos rodea. Arañas, garrapatas, cucarachas, murciélagos y tantos otros podrían añadirse a la relación de serres vivos supuestamente dañinos, cuando, en realidad, todos son necesarios y forman parte de la Naturaleza. Y si tanto nos interesa poner etiquetas, ¿en qué estante de nuestra magnífica biblioteca colocaríamos a la especie humana?