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2019-05-21 dic

I PREMIO TUNDRA DE LITERATURA DE NATURALEZA

En noviembre de 2018 la editorial Tundra convocó el I PREMIO DE LITERATURA DE NATURALEZA con el objeto de estimular la creación literaria inspirada en la Naturaleza y promover con la difusión de las obras una sociedad sensibilizada con nuestro entorno y la conservación de la Naturaleza. El pasado 17 de mayo de falla dicho Premio con el resultado que recoge la siguiente Acta:

Es de esperar que a lo largo del mes de junio la editorial Tundra publique el libro Días de bosque, agua y piedra, del que dejo a continuación algunos fragmentos de su primer capítulo, "Como el viento":

 

Describir un pueblo o una ciudad puede resultar relativamente sencillo. La pluma sabe a ciencia cierta que la imaginación de quien va a leer lo escrito conoce a su manera lo que se representa. Esa visión construye un conocimiento preciso de algo que guarda una estrecha relación con el relato. Pero escribir sobre una montaña, un valle, un río, un bosque, una hoz o un paisaje casi inabarcable con la vista entraña una dificultad especial. La pluma, en el mejor de los casos, puede dar por hecho que su destinatario ya conoce algo parecido a lo que trata de reflejar sobre el papel, pero el cúmulo de experiencias y sensaciones que se agolpan en el campo, en medio del todo y la nada, esa multitud de emociones contradictorias tan personales suponen para la pluma un serio obstáculo imposible con frecuencia de superar. El lenguaje se hace huraño y esquivo, y a veces no sirve para dar respuesta a las exigencias de la mente. Salvo que la pluma esté poseída por el ardor y el ímpetu necesarios para lograr la conexión.

Tras varios años de recorrer sendas y trochas a veces inverosímiles y siempre inspiradoras, siento que cada vez me integro con más fuerza en lo que me rodea. El contacto con la Naturaleza intensifica la relación afectiva con el entorno: el árbol, el agua, la piedra, el aire, la vida… De ahí, de ese peregrinaje al natural, nace un conocimiento que conviene alimentar de forma constante. Se aprende a desentrañar los misterios del campo, a descifrar los mensajes ocultos o explícitos de la Naturaleza y a entender las propias sensaciones. El acercamiento con el entorno supone un intento de recuperar una vieja amistad que nunca debió perderse porque de ella dependemos. Henry David Thoreau contaba esto en su diario:

 

“En las calles o en la sociedad, me disipo y me vuelvo casi invariablemente vulgar; mi vida es indeciblemente pobre (…). Pero cuando estoy solo, en los bosques o en los campos, en un modesto sembrado o en los pastos horadados por los conejos, incluso en días tan crudos y para la mayoría tristes como hoy, cuando los vecinos del pueblo deciden quedarse en casa, vuelvo a mi verdadero ser, recupero la grandiosa sensación de estar relacionado con lo que me rodea, y el frío y la soledad son mis amigos. Regreso a mi solitario deambular por los bosques como regresa el hombre al hogar añorado. Puedo así prescindir de lo superfluo y ver las cosas tal como son”.

 

(...) 

Vuelvo la vista atrás con nostalgia a las horas pasadas al amor de la lumbre, en la chimenea baja que la abuela encendía para hacer el cocido de puchero, el arroz con pollo o las patatas con conejo, animales que vivían en el corral y a los que yo me limitaba a observar o dar de comer; pero salía huyendo de la cocinilla cuando la abuela se disponía a sacrificar uno de ellos. Cerca del fuego, y de forma especial en el crudo invierno meseteño, me gustaba contemplar cómo se iban consumiendo los pesados ceporros de vid, cómo crepitaban, cómo subían las chustas y escapaban por la renegrida y amplia chimenea. Me encantaba observar cómo las llamas se reflejaban en la vítrea mirada de ojos grises de la abuela, mientras ella parecía pensar en quién sabe qué…

El fuego en la hoguera o la chimenea del hogar refuerza las relaciones familiares y sociales. Así ha sido durante miles de años. Junto a la cálida luz de la llama surgen historias y anécdotas, se avivan los recuerdos, se proyectan futuros. El fuego favorece la conversación, aun no habiendo palabras por medio, mientras se configura el círculo de diálogo, se contempla la lumbre, se escucha el crepitar de la madera o se percibe el aroma de la leña al consumirse. El fuego no produce los mismos efectos sin el concurso de los sentidos. Pero esa percepción bucólica del fuego, casi romántica, está muy alejada de esas llamas que cada año azotan los sentimientos de quienes nos identificamos con la Naturaleza, a la par que causan estragos en los bosques.

En las noches de verano, esas noches en las que el calor era incompatible con el sueño, la canción monótona de los grillos tenía como fondo el sonido lejano del paso de camiones por la carretera, que atravesaba el pueblo y lo dividía en dos. Allí no había otro aliciente que el tener algo de aire más fresco, no mucho, y el continuo trasiego de vehículos pesados que se movían entre Madrid y Albacete, o Tarragona, o…. Era un tiempo en que ya me atraía la soledad, aunque no parece que el silencio fuera mi mejor compañero de viaje. La tenue luz de la carretera permitía contemplar el infinito cielo estrellado como no podía hacerse en la ciudad.

(...)

El camino adopta miles de formas. Puede ascender por la ladera de una montaña o bajar hasta la profundidad del valle. Puede cruzar arroyos o atravesar bosques. Puede dibujar una inacabable línea recta en la infinita llanura o trazar ondulantes curvas en un paisaje rocoso y cambiante. Pero, sea como sea, el camino está dotado de un inconfundible carácter de fidelidad. El caminante podrá tener en todo momento la impresión de que todo su entorno es pasajero del tiempo y el espacio. Las aguas van y vienen, los árboles pasan y apenas nos dejan prestado un rumor, las rocas se desplazan pesadamente, la hierba y las piedras se convierten en una suerte de cinta sin fin bajo los pies, pero el camino permanece con el paseante, con lealtad, pero sin resquemor, con obstinación, pero sin acritud, siempre en pertinaz comunión con el caminante, al que ofrece una ida y vuelta en su apacible viaje. El caminante se cuidará mucho de abandonar la adhesión de su fiel amigo, el camino, salvo que alguna belleza o curiosidad llame su atención, o que algún otero le brinde la contemplación de un magnífico paisaje. El camino se anima y se empereza por momentos, pero siempre está ahí, no falla, conduciendo al viandante hacia su destino, proporcionándole vivencias placenteras durante horas, sirviéndole de privilegiada tribuna para la admiración de las bellezas naturales.

Formando parte de estas seducciones están el bosque, el agua y las piedras, y también todas las formas vitales que los pueblan, los sonidos, los silencios y las soledades con que se refuerza el vínculo del camino con la vida. Y a veces, solo a veces, surge una de esas infrecuentes figuras humanas que faenan, caminan, viajan igual que el caminante. A veces, solo a veces, nace un tímido saludo o una escueta conversación que al poco rato vuelve a dar paso al camino desierto. Esos tímidos y breves encuentros ponen el súbito contrapunto para alguien que anhela sobremanera el silencio y la soledad, pero no desprecia el intercambio de sensaciones y vivencias. Las bellezas que nos prestan el bosque, el agua y las rocas están ahí, esperando, dispuestas a que sepamos disfrutarlas al máximo, a que seamos capaces de buscarlas con tesón y paciencia, a que aprendamos a reconocerlas, a ellas y a la madre —Naturaleza— que las parió, a que dejemos que nuestras reflexiones se adornen con el paisaje, a que nos unamos a lo natural para formar parte de él, a que logremos identificarnos con la tierra que nos sustenta, a que sepamos encontrar la poesía en lo que nos rodea y se despliega ante nosotros, a que sintamos vergüenza por nuestra ingratitud.

(...)

A lo largo de nuestros paseos por el campo sería aconsejable poner en práctica la actividad de escuchar. Puede tal vez parecer estúpido decir que necesitamos escuchar, pero, si lo pensamos detenidamente, es algo que no sabemos hacer —salvo escucharnos a nosotros mismos—. Detener la marcha de cuando en cuando para tratar de captar los sonidos que nos envuelven proporciona sensaciones que la pluma se siente incapaz de describir. La vida que pulula más allá de nuestra piel se torna más cercana, menos extraña. Las estaciones de escucha se convierten así en una buena manera de conocer la biodiversidad y el medio en que se desenvuelve.

Con frecuencia me he sentado en una roca, en lo más alto de un altozano, sobre un tronco de un bosque casi primario o en la ribera de un arroyo, y he alcanzado a sentir ese esplendor que la Naturaleza guarda para quien quiera apreciarlo. Es difícil explicarlo, pero se llega a un estremecimiento de los sentidos que aspira a compararse con el placer, más espiritual que físico, algo que siempre me ha permitido comprender cuán insignificante soy ante la dignidad de la Naturaleza. Lo que más siento cuando vuelvo a la realidad no es solo el hecho de haber dejado atrás la contemplación de esas bellezas naturales, sino el ser incapaz de expresar con plenitud todo aquello que he sentido. La memoria guardará celosamente esos breves, pero intensos momentos, y mucho me temo que no se atreverá a revelar a la pluma sus secretos más íntimos.

La tarea de comprender los mensajes emitidos por la Naturaleza es ardua, pero gratificante. Como decía Ralph Waldo Emerson, “la naturaleza es un lenguaje y cada nuevo hecho aprendido es una nueva palabra; pero este no es un lenguaje hecho por piezas que cae muerto en el diccionario, sino un lenguaje puesto en conjunto en un sentido significativo y universal. Deseo aprender este lenguaje, no para conocer una nueva gramática, sino para poder leer el gran libro escrito en esa lengua”.

(...)

El caminante recuerda sus miedos, no a la soledad o al silencio, que son sus fieles aliados, sino al hecho de no poder seguir adelante. Mientras piensa que debe sobreponerse —aunque para ello puedan pasar meses—, comprende los miedos de otros. El marinero, en los tiempos en que su barco se dejaba llevar por el viento, temía tanto a la tormenta como a la calma, buscaba con avidez en la rosa de los vientos aquel pequeño soplo del que dependía su sustento. O el agricultor, que tiene miedo al exceso de lluvia tanto como a la sequía, y se pasa buena parte del tiempo mirando al cielo a la espera de lo más propicio. El marinero y el agricultor tienen miedos porque se sienten profundamente arraigados al entorno en el que viven, con el que viven, al mar, a la tierra. El antropólogo Bernard Campbell afirmó que “no hay manera de evitar nuestra interdependencia con la naturaleza; estamos entrelazados en una estrechísima relación con la tierra, los mares, el aire, las estaciones, los animales y todos los frutos que da la tierra. Lo que afecta a uno nos afecta a todos, ya que somos parte de un todo, el cuerpo del planeta. Debemos respetar, conservar y amar esta relación con el planeta si queremos sobrevivir”.

Del mismo modo, el caminante se siente plenamente integrado en la tierra que pisa, percibe que forma parte de ella. Le gusta pensar en las palabras de Ralph Waldo Emerson:

 

“El mayor deleite que campos y bosques proporcionan es la sugerencia de la relación oculta entre los hombres y las plantas. No estoy solo ni soy ningún extraño. Me saludan y yo a ellos. El balanceo de las ramas en medio de la tormenta es nuevo y antiguo para mí. Me coge por sorpresa y, sin embargo, no me es desconocido. Su efecto es como el del elevado pensamiento superior o la depurada emoción que me embarga cuando estimo que pienso con verdad o hago lo que es debido”.

 

Pero como viajero, es como el viento, que va y viene, a veces sin rumbo fijo. Y, ocasionalmente, por la razón que sea, se ve obligado a quedarse en el dique seco. (...)