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2020-03-11 dic

Reflejos de garza

"En mi afán por observar de cerca sus movimientos, llego casi hasta la orilla, pero debo detenerme porque otra vecina del agua espera paciente la calma y no tengo intención de perturbar su tranquilidad. Es una garza real, que nada más descubrir mi arrimo intruso estira el cuello sin dejar de mirarme. Trato de confundirme tras un grueso árbol, pero ella no me pierde de vista. La lluvia ha hecho que las plumas grises de su cuerpo cuelguen como los flecos de un mantón, y la brisa las agita suavemente. Así, inmóvil, enhiesta, levanta su cabeza casi un metro sobre las agitadas aguas, que no están para que la garza despliegue sus artes de pesca. El cuello, que puede lanzar como un látigo para atrapar los incautos pececillos que se aventuran junto a la orilla, le sirve ahora como telescopio para aguzar los sentidos y permanecer alerta. El negro penacho de plumas que nace en sus ojos está ligeramente separado de la nuca, pero no me da tiempo a discernir si me encuentro ante un macho o una hembra —estas plumas ornamentales con más largas en el macho—, pues despacio, muy lentamente, acaba por posar el penacho sobre la nuca y parte del cuello, y casi de forma tan pausada pliega su sinuoso pescuezo sobre el cuerpo, dando a entender que está más tranquila. ¿Ha decidido tal vez que no soy un depredador? Por si acaso, no me pierde de vista, aunque tampoco levanta el vuelo, quizá en su deseo de seguir disfrutando de su soledad, algo perturbada por un elemento extraño".

 

Texto incluido en Días de bosque, agua y piedra (Tundra, 2016). 

 

 

Imágenes tomadas a orillas del Júcar, junto al Puente de San Antón.