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El sumidero de Los Palancares

Bosque

No deja de sorprender el monte de Los Palancares a pesar de su cercanía a la capital. Debe ser uno de los más visitados quizá por la Fuente del Royo, que hace de cancerbero de este espacio natural, o por el Campamento que hay nada más entrar, o por las famosas y archiconocidas torcas. Y sin embargo aún quedan parajes que guardan algunos misterios que poco a poco vamos desvelando.

En un cruce de caminos, en pleno corazón del Monte de los Palancares, lamiendo la cuneta de la antigua carretera que conduce a la abandonada estación del ferrocarril, encontramos un pequeño bosquete de pino negral de apenas cinco hectáreas y media y que suele pasar desapercibido por su aparente normalidad. Pero esos pinos no tienen nada de normal, y no solo por su tamaño. Ahí está el Pino del Sumidero, pues nos encontramos en el paraje así conocido.

Un sumidero puede ser una sima o un hundimiento del terreno, como en este caso, al que van a parar todas las aguas de los terrenos colindantes y que luego se sumergen bajo la tierra. Puede ocurrir que la abundancia de agua o su escasa profundidad en el subsuelo provoquen su afloramiento en forma de pequeña laguna. No sabemos lo que está pasando por debajo de este hundimiento, pero podemos intuir que el agua filtrada está consumiendo lentamente la roca caliza que nos sostiene, que está generando simas y cuevas subterráneas y que al final, cosa que difícilmente veremos, este subsuelo acabará hundiéndose formando una nueva torca que se sumará a las que hay un par de kilómetros al norte.

El Pino del Sumidero se ramifica a pocos centímetros del suelo. De su tronco, de apenas 40 centímetros de altura, se levantan cinco enormes, fuertes y aún bien conservadas ramas que buscan ávidamente la luz, lo que las obliga a elevarse más de treinta metros por encima del asombrado observador. Unos 4 metros de diámetro tiene tal tronco, que debemos medir casi a ras de suelo. Se desconoce su edad, pero no importa, solo hay que saber que ha traspasado sus genes a cientos, quizá miles de pinos en este monte, y por tanto le debemos tanto… La competencia de sus gigantescos hermanos es muy dura, y entre todos forman ese peculiar bosquete que hace unos años se dejó como reserva de la especie, sin roturar, sin talar, sin explotar, como queriendo dejar un valioso testimonio de lo que debieron ser los ancestrales bosques primarios de la Serranía. Unos minutos rodeado por estos colosos pueden dar la impresión al caminante de que el tiempo se ha detenido.

La magia del bosque es especial en esta parcela. Hace mucho bien dejarse llevar por ese embrujo que nace del suave rumor de las altas copas, del eco de trinos y revoloteos y del silencio. Elijo un tronco al azar y lo abrazo, y compruebo ser cierto aquello que dicen algunos, que se aprecia una misteriosa energía que parece llegar desde la tierra misma. Ahora dicen que abrazar un árbol es beneficioso para la salud. Es posible, no sé, pero la sensación es buena.