Esta web utiliza cookies, puedes ver nuestra política de cookies, aquí Si continuas navegando estás aceptándola

Blog

Reforzar la emancipación

Etología

El maestro habla con la madre de un alumno. Es una de esas entrevistas que se hacen con carácter periódico y, como en todos los encuentros, hace las mismas preguntas: ¿Cuánto tiempo dedica el niño cada día a su trabajo en casa? ¿Te sientas con él a la mesa mientras trabaja?”. Y, como en muchas de esas conversaciones, el maestro se ve obligado a escuchar dos barbaridades como respuesta: “Más de dos horas” y “Sí”. La prudencia evita que uno se eche las manos a la cabeza y guía sus palabras para dar un par de consejos, aun no estando seguro de que terminen surtiendo el efecto deseado: convendría poner límite temporal al trabajo en casa, asegurándose de que el niño no sienta el aliento de su padre o su madre en el cogote. El niño debe ser más independiente y el padre o la madre no deben sentir remordimientos por ello; es ley de vida y tal “alejamiento” no debe percibirse como maltrato, porque se hace por su bien.

Se cuenta que el hombre es el ser vivo más adaptable a los diferentes entornos naturales. Es el único capaz de ocupar y dominar todos los espacios vitales, desde los hielos a los trópicos, desde las llanuras a las montañas, desde los desiertos a las selvas. Sin embargo, en mi opinión, no es consciente aún de lo mucho que le queda por aprender de otros animales en lo que se refiere a la crianza de sus vástagos. Por cierto, las crías humanas son las más inestables en el momento de nacer. Solo para dar sus primeros pasos necesitan varios meses, y los padres se empeñan en realizar un estrecho seguimiento durante años. Demasiados… 

Es más que probable que nada perderíamos si adoptáramos algunas de las prácticas observadas durante la crianza de los hijos en el reino animal. Sí, para ellos también la faena de cuidar la prole puede resultar complicada y agotadora, pero seguramente ellos sientan algo parecido al apego o el cariño hacia sus retoños, emociones que nos hemos apropiado los humanos. Pues tampoco los cuidados y la educación de los descendientes son patrimonio exclusivo nuestro. ¿O pensamos que hacer lo indecible por salvar a un hijo es propio solo de humanos?

Rastrear los numerosos casos que la Naturaleza nos ofrece sería tarea ardua y profunda. Veamos solo algunos.

El profesor Peter J. B. Slater (1) nos ilustra con el ejemplo de los macacos, que pasan gran parte de su tiempo saltando sobre la madre, amamantándose, explorando su entorno y jugando con los de su misma edad. La madre se mantiene vigilante por si se presenta algún peligro, pero poco a poco la cría se va alejando y solo regresa en busca de alimento y acomodo. Y de forma igualmente progresiva la madre tiende a rechazar a su cría si se acerca, tratando de reforzar su independencia. Este fenómeno, conocido por los etólogos como conflicto de destete, se da en otras muchas especies animales con mayor o menor duración en el tiempo. La cría busca a la madre y esta se aparta mostrándole el camino para su emancipación, como queriendo decirle que ha llegado el momento de buscarse la vida.

Los zampullines y los somormujos también transportan a sus polluelos en la espalda durante semanas, y allí los protegen y alimentan. Pero mamá y papá saben que un exceso de atenciones puede malcriar a la pollada, de modo que siempre llega el momento de iniciar la primera lección de independencia: la natación. Así aprenden  las crías a buscar su alimento. Eso no impide que un buen comportamiento conlleve una recompensa, como volver un rato a lomos de mamá o papá. Es lo que llamamos educar en positivo.

Hay arañas que igualmente acarrean a su numerosa prole sobre el abdomen, donde se mantiene protegida durante semanas. La araña madre se desplaza con su carga, cuyo número va mermando poco a poco porque las crías van descabalgando allí donde el instinto les dicta que pueden hacerlo. Un exceso de tiempo a lomos de mamá sería un ejemplo de mala educación.

Cuando ocurre que el retoño se empeña en no abandonar la protección de los padres, estos deben recurrir a estrategias que conduzcan a la independencia. Una de ellas puede ser no aportar comida para que el pequeño comprenda que va siendo hora de buscarse la vida por sus propios medios. El águila perdicera, por ejemplo, es capaz de alimentarse por sí misma a los 45 días, si bien es cierto que su torpeza obliga a la madre a seguir aportando comida. Pero llega un momento en que se establece una suerte de competencia entre ambos por la carne, lo que hace que el retoño se inicie pronto en el arte de la caza. Tal vez vista bajo el prisma de un humano parezca cruel tal medida, pero, lejos de eso, es una decisión educadora que sin duda será beneficiosa para la cría.

Y el caso del pato mandarín no le anda a la zaga. Muy escaso en la Península, el macho de este pato presenta un aspecto exótico, muy llamativo, mientras que la hembra es más bien discreta. Ella se encarga de preparar el nido en el interior de un agujero del tronco de un árbol cercano al agua, donde deposita entre 9 y 12 huevos. Al llegar la primavera, mamá sale del cubículo y se lanza al vacío. Una vez en el suelo llama a sus polluelos y les anima a dar su primer salto. Ellos asoman la cabeza temerosos. Es la primera vez que se enfrentan a un desafío así. Pían como pidiendo ayuda a mamá pata, pero esta se limita a llamarlos y esperar. Al cabo de unos segundos el primer patito se decide y salta. Abre sus alas, pero no las agita, solo trata de planear, porque aún no sabe volar. Eso vendrá en otra lección. Simplemente se deja caer. El golpe, en apariencia, es fuerte, pero el mullido suelo cubierto de hojas amortigua el impacto, y mamá saluda orgullosa. Luego salta otro, y otro… Ya reunidos, marchan siguiendo a mamá pata en busca de nuevas emociones y aventuras.

Bueno, parece claro que para formar individuos autónomos, con capacidad de decisión, aptos para salir airosos de situaciones comprometidas, son necesarios esos momentos de independencia, de no estar sujetos a los dictados de papá y mamá, de vivir emancipados. Es preciso evitar la sobreprotección para no dar lugar a individuos inseguros, dependientes, incapaces, incompetentes. No tengamos reparos en aplicar a la especie humana deducciones extraídas de la observación del reino animal. ¿Tanto nos hemos alejado de la Naturaleza que ahora somos incapaces de aprender de ella?

 

(1) SLATER, P.J.B.: Introducción a la etología, Crítica, Barcelona, 1988